Manuscrito de "L'Extraordinaire Ville des Étoiles" de Julio Verne (1900). Clic para ampliar

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Transcripción y Traducción

La Extraordinaria Ciudad de las Estrellas.

Primera escena

El día parecía avecinarse gris y húmedo a pesar de estar avanzada la primavera. Antoine Saint-Georges se levantó con ánimo sombrío sin que el estar en las últimas etapas de su viaje pareciese mejorar este aspecto. Tras el habitual desayuno ligero pero consistente, adecuado para el caminante, se hizo con las vituallas necesarias para dos días, cargó su impedimenta y retomó la ruta con paso firme, dejando atrás la hospedería y uniéndose al flujo de viajeros que poblaba el camino.

- Vaya tiempo de perros, nadie diría que estamos en el mes más caluroso del año.

Encogiéndose de hombros hizo a su acompañante accidental un ademán de resignación. El paisaje, de un verde salvaje, le recordaba poderosamente a su tierra. Apenas había conocido otra cosa. Originario de Tinténiac, no había abandonado sino en contadas ocasiones el departamento de Ille-et-Villaine. La suerte quiso que sus trabajos sobre la dinámica de fluidos y la predicción meteorológica mediante cálculos numéricos llamase la atención de la familia La Villéon, convirtiéndose en mecenas de sus estudios y cediéndole graciosamente el castillo de Montmuran, por aquel entonces en estado de abandono. De aquello hacía ya más de tres décadas y desde entonces los numerosos éxitos cosechados por su equipo en la predicción de eventos climáticos, habían ido ganándole apoyos económicos y una cierta reputación en la comunidad científica. Pero la cantidad de trabajo era ingente y no se permitía abandonar Montmuran si no lo requería un acto de dimensiones colosales. De ahí su fama de eremita.

Las vistas que ofrecía su despacho, junto a la torre de la barbacana, en nada diferían de las que arrojaba aquel día que rompía desde el este, confirmando sus predicciones de cielo plomizo e inestable.

Por un momento estuvo tentado de explicarle a aquel hombre por qué aquella climatología peculiar no le suponía sorpresa alguna. Por las palabras que habían intercambiado en diferentes puntos del viaje o en las hospederías, dedujo que era un hombre simple y sencillo, de buen corazón pero de quien los razonamientos científicos no podían estar más alejados.

Mientras caminaba recordó vívidamente cómo su idea de utilizar las comunicaciones por ondas electromagnéticas para transmitir los datos climatológicos de diferentes estaciones a un lugar central de procesamiento y obtener así predicciones, fue tomada como una locura y una costosa excentricidad por la comunidad científica. Y cómo los aficionados a las ondas, gracias a los popularísimos PHER (Emisores/Receptores Hertzianos Portátiles, por sus siglas en inglés) en los que Marconi Ltd. seguía siendo líder mundial indiscutible tras más de 50 años; comenzaron a enviarle datos y más datos con los que logró predecir, por ejemplo, la popular tormenta eléctrica que derribó la estatua del arcángel de la abadía del Mount Saint-Michel. Los costes de su reconstrucción fueron desorbitados y desde entonces sus predicciones fueron tomadas en consideración.

Pronto la cantidad de datos fue humanamente inmanejable y Saint-Georges y su equipo recurrieron a los engranajes de cálculo. Modificando una de estas colosales máquinas con válvulas termoiónicas de última generación, lograron la potencia de cálculo suficiente como para manejar los datos que llegaban de todas partes del globo. De ese modo se salvaguardaba del peligro de los elementos todo cuanto fuese posible.

Con todo, la falta de datos en las regiones más pobres y desfavorecidas hacía que con frecuencia se viesen azotadas por estos actos de Dios sin previo aviso, sumiéndolas todavía más en la pobreza.

Quizás este era uno de los detonantes de su viaje, un camino espiritual en el que reflexionar sobre el hombre y su obra. Quién era él y que había conseguido (para bien o para mal). Su intención había sido siempre la de mejorar la calidad de vida de la humanidad y sin embargo había contribuído a aumentar las diferencias entre ricos y pobres, vencedores y vencidos del Gran Conflicto.

En medio de sus divagaciones, la mañana avanzaba inexorable y al consultar su reloj se sorprendió de comprobar que faltaba poco para el mediodía. La espesura de los árboles y la ausencia de sol dificultaban hacerse una idea clara del paso del tiempo.

Estaba casi seguro de no haberse desviado de la ruta jacobea, pero decidió asegurarse: verificó su posición con el locusímetro y tras consultar la información en el proyector cartográfico decidió que aquel era un buen lugar para almorzar.

Era increíble como los locusímetros habían cambiado el modo de viajar, particularmente en climas poco despejados como el galaico. Estos aparatitos configurados por ruedas dentadas eran muy simples en su concepción y no distaban mucho de la mecánica de un sencillo reloj, adoptando habitualmente la forma característica de éstos. Sin embargo, la genialidad de los mismos consistía en referenciarse a una brújula electromecánica, de manera que calculaba la deriva de la posición con respecto a cuadrículas estándar para proyectores cartográficos. Desde el principio se vio que su precisión no abarcaba más de dos o tres días de funcionamiento y que el avance de los engranajes confundía las lecturas de la brújula, teniendo que hacer complicados cálculos de reposicionamiento. Sin embargo, un joven estudiante holandés había tenido la genial idea de disponer puntos geodésicos con coordenadas al pie de los molinos de Kinderdijk, para ayudar a una rápida evacuación de desplazados a través de los polders durante el Gran Conflicto. Esto permitía una actualización rápida incluso en días sombríos y pronto la idea se extendió por todo el continente, siendo las propias gentes las que ponían a disposición de viajeros las coordenadas de situación. Obviamente El Camino estaba plagado de referencias para locusímetros, tanto en hospederías (religiosas o humanistas) como en remotos lugares entre montañas.

Segunda escena

Se encontraba ya cerca de la Villa de las Estrellas y el viaje se tornaba concurrido. Desde hacía días veía delante o detrás de sí a numerosos viajeros espirituales que buscaban, como él, un encuentro o una respuesta. Algunos mostraban el paso firme de quien ha tomado ya una resolución y se encamina a la feliz conclusión de su objetivo. Otros, la mayoría, todavía se mostraban cabizbajos y meditabundos, con el entrecejo fruncido por la reflexión.

Antoine seguía dándole vueltas a su invento. Estaba seguro de que funcionaría. Treinta años dedicado a la predicción meteorológica habían mostrado claramente cuales eran los elementos clave en la configuración de la climatología. Como la ciencia ha mostrado en muchos otros campos, basta con atenerse a las reglas puras de la física para doblegar el mundo que nos rodea a nuestras necesidades. La publicación de dichas reglas y sus algoritmos de cálculo le haría merecedor de todos los honores de Francia y quien sabe si de otros países, extendiéndose su fama mundialmente.

En cuanto se encontrase el modo de modificar las condiciones atmosféricas conforme a sus cálculos, ya no habría que evacuar villas enteras antes de una tormenta, pudiendo sencillamente suavizarla hasta convertirla en aguacero. Las cosechas serían perfectas y el clima benigno para la salud de las gentes. Los beneficios eran tentadores.

Pero por otra parte mucho se temía que los especuladores agrícolas modificarían el clima a su antojo desequilibrando mundialmente la dinámica atmosférica sin la menor consideración por la precaución y la ecuanimidad. Así los más desfavorecidos serían víctimas de todos los desastres desviados desde los estados más poderosos. Y, en suma, su hallazgo, pensado originalmente para mejorar la calidad de vida de la humanidad, acabaría siendo la ruina de pueblos enteros.

He ahí el motivo de su viaje, pues se encontraba sumido en la duda: confiar o no confiar en una humanidad que nada parecía haber aprendido del Gran Conflicto. Ni siquiera tenía claro que le correspondiese a él la responsabilidad sobre el uso ulterior del conocimiento generado. Era un descubrimiento que derivaba del trabajo desinteresado de miles de personas en todo el mundo que capturaban y enviaban datos, sin esperar nada a cambio. Un conocimiento que surge de una colaboración altruista ¿le pertenecía en realidad? ¿tenía derecho a reservarlo?

Tan ensimismado iba que le sorprendió el sonido sordo de un canal de porte.

Consultó su proyector cartográfico. Efectivamente se encontraba cerca de un canal. La villa de Campo de Estrellas, conocida popularmente como Villa de las Estrellas, había sido reconstruída tras el Gran Conflicto para facilitar su función principal como centro de viajes espirituales. Todo uso residencial fue llevado a centros locales situados en el exterior siendo Cacheiras, Calo, Valle de Mahía y Sigüeiro, los situados en los 4 puntos cardinales y configurando la cruz principal. La actividad industrial, por perturbadora de la reflexión, fue llevada a los puntos intermedios entre estas ciudades, dando a la estrella resultante un aspecto de Rosa de los Vientos.

La comunicación con el centro espiritual se hacía mediante un sistema radial de canales de porte acristalados. Los vagones de metal y vidrio, desplazados por acción del vacío permitían desplazamientos rápidos y eficientes, generando muy poco ruido, a excepción de un sibilante zuum cuando el vagón partía y un sordo plonk (que acaba de escuchar) a la llegada a cada estación.

Aquel clima lluvioso que alimentaba numerosos ríos y riachuelos facilitaba la mayor parte de la energía necesaria para el funcionamiento de los canales de porte mediante un ingenioso aprovechamiento del efecto Venturi.

Por lo demás el espació que rodeaba el centro espiritual era una vasta extensión de terreno verde dedicado al cultivo agrícola o silvícola.

Tercera escena

No se demoró en la visita. El académico le esperaba en Santo Domingo, lugar dedicado al cuidado de pobres almas víctimas del infortunio, y que todavía mantenía la fisiononía de un convento.

Anciano ya, pero vital como pocos jóvenes estudiantes, le recibió en la puerta.

—Mi querido Antoine, ¡qué larga se me ha hecho la espera! …¡y qué grato verle nuevamente! ¿Ha tenido Vd. un viaje fructífero? No me lo diga, por su aire sombrío bien veo que no. Vamos, vamos, adentrémonos en la ciudad y déjeme que le invite a un fragante café de ultramar. Lleva Vd. tanto tiempo callado meditando que necesita un tónico que le restablezca el ánimo a la charla.

Arrastrado por aquel derroche de jovialidad deshizo el camino andado desde su hospedaje junto a su compañero el Dr. Lorenzo García y Panduro, mientras este le narraba mil y una curiosidades de la villa.

—… y aquello que ve Vd. a lo lejos, amigo mio, es un prodigio de la ingeniería española, un puerto para turbodeslizador ventrales. No tardarán otros países, todavía anclados en los peligrosos dirigibles, en copiar estas aeronaves.

Ciertamente había visto ilustraciones y fotografías de aquellos aparatos pero, como media Europa, sospechaba que no era más que un truco de imagen. Pidió acercarse antes de aquel café para comprobar con sus propios ojos que aquellos engendros pudiesen surcar los cielos. El paseo aquella calle que acumulaba centros educativos desde hacía más de 100 años era de lo más agradable, bordeando la ciudad hasta desembocar en una enorme explanada junto al río Sar.

Allí se encontraba un terreno cubierto de hierba baja y perfectamente cortada, marcado con pintura y lo que parecían enormes lámparas de incandescencia enterradas en el suelo.

Junto a esta zona, totalmente despejada se encontraban los elevadores ventrales. Tuvo la tremenda suerte de llegar justo antes de la partida de uno de aquellos aparatos con forma de reloj de arena, que unos operarios desplazaban sobre grandes calzas con ruedas hasta el centro del área de despegue. En la zona superior un espacio circular alojaba los asientos para el pasaje. Justo debajo se encontraba la cabina para la tripulación, algo más pequeña y dando al conjunto aspecto de cono invertido. La parte inferior recordaba vagamente a un miriñaque. Se trataba de una estructura con aletas en diversas posiciones que facilitaba el fluído del aire en una u otra dirección. En su interior alojaba una turbina primaria alimentada por vapor superconcentrado en un depósito de presión, cuyo giro se veía sometido al efecto de numerosos multiplicadores y a la acción de electroimanes que favorecían la inercia en la rotación. El diseño de la estructura externa facilitaba la recuperación de la corriente de aire generada cuando el aparato comenzaba a descender, de modo que este ascendía de nuevo, produciendo un movimiento ondulatorio característico de su navegación aérea.

Las personas que habían comprado ya su billete esperaban junto a la escalerilla para subir al aparato. No más de 30, lo que suponía tres cuartos de la capacidad del mismo. Este deslizador se encaminaba a una ciudad costera cercana, a no más 50 km, famosa por sus balnearios con más de un siglo de historia. El tiempo allí era menos gris lo que propiciaba que la linea fuese un rotundo éxito, partiendo y llegando deslizadores aproximadamente cada hora.

En apenas unos minutos el aparato arrancó sus turbinas y un estruendo casi ensordecedor inundó la zona durante unos segundos. Poco a poco ganó altura hasta elevarse unos 10 metros sobre sus cabezas. Entonces el ruido descendió considerablemente y comenzó a avanzar a un ritmo más que envidiable rumbo al sur.

- Lo cierto es que en esta tierra nuestra no desarrollan su máximo potencial -declaró el Dr. García y Panduro-. El invento proviene de las Islas Baleares, y ciertamente para salvar la distancia entre islas, corta y despejada, resultan de extrema utilidad. También en las llanuras de la meseta prestan buen servicio. Aquí la orografía dificulta que pueda extenderse su uso. Como puede Vd. comprobar han de deslizarse sobre terreno baldío, caminos o cultivos resistentes, ya que la columna de aire que generan es considerable y potencialmente dañina. Sin embargo contamos con una serie de rutas bien establecidas y ya consolidadas en las que esta maravilla de la técnica supone todo un adelanto.

Dicho esto giró sobre sí mismo y se encaminó nuevamente al centro de la villa.

-Tomemos ese café Monsieur Saint-Georges. Lo necesita.

El ambiente en la calle era muy agradable. Las gentes se afanaban en sus asuntos con cordial recogimiento. Se respiraba cierto optimismo, no obstante, que elevaba el ánimo y templaba el espíritu.

- No he podido irme de esta ciudad, ¿sabe Vd.? Siempre creí que en la vejez desearía volver a mi villa natal, pero el encanto de los viajeros y sus experiencias me anclan a este lugar… y la ciencia. Aquí se hace buena ciencia. Esa que piensa en las personas, la que le trae meditando hasta esta ciudad. Cuénteme, monsieur, en que estado se hayan sus reflexiones.

Removí el café que humeaba ante mí y comencé a relatarle mis desvelos a D. Lorenzo, seguro de que no podía tener mejor confesor y contertulio.

Cuarta escena

Anotación:

Me hallo indeciso yo mismo, Sr Navalón, acerca de la resolución del relato. Como podrá Vd. comprobar no albergo muchas esperanzas con respecto a un futuro prometedor y mi ánimo se haya tan sombrío como el de nuestro protagonista.

Sin embargo veo que Vd. no ha cejado en su empeño de alcanzar un mundo mejor por medio del conocimiento.

Tras toda una vida dedicado a esos pobres desgraciados, le rogaría su consejo para llevar al protagonista a un final esperanzador que no oculte la realidad de la sociedad en la que vivimos.

Espero, una vez más, su consejo y guía como hombre de conocimiento y ciencia.

Jules Verne

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